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martes, febrero 19, 2008

Mi primo Ambrosio

Mi primo Ambrosio siempre tuvo problemas de adaptación en Chotillo del Montaraz, provincia de Albacete. Tal era su desesperación en la llanura castellana que, a pesar de ser muy leído y muy viajado, terminó por recurrir a las drogas y a los escarabajos peloteros pese a que don Marciano Chanante, el cabal médico del lugar, se lo desaconsejaba vivamente (con el martillo de los reflejos, para ser exactos). Los simpáticos e imaginativos niños del lugar intentaron con su mejor voluntad aplastarlo, quemarlo vivo, tirarlo desde lo alto del campanario, agujerearlo, torearlo y hasta arrastrarlo con las motos (cada una en una dirección), pero no consiguieron nada porque Ambrosio, el "sapo diabólico", era grande y fornido, venía equipado de serie con gruesa coraza y dientes imponentes y era además increíblemente voraz (cuando se le hincharon las branquias se zampó entero al pequeño Marcianito y a la venerada charcutera doña Valdomera junto con el aperitivo de chopped que se estaba almorzando ese día, la pobre; DEP).

Corría San Saturnino, patrono del lugar, cuando, un poco por cariño y otro poco por ecología, decidimos hacerle una minuciosa prueba genética en la capital -que, dicho sea de paso, dejó a nuestra humilde familia de constructores en la más vergonzante de las ruinas, tanto económica como moral y religiosa- y descubrimos azorados que lo que le pasaba al primo Ambrosio es que chocheaba ya el hombre (tenía 70 millones de años), que su familia, amigos y modus vivendi estaban ni más ni menos que en ¡Madagascar! y que su dieta en el pueblo era muy inadecuada porque lo que comía Ambrosio eran pequeños dinosaurios -como Ramoncín-, mamíferos pequeños, como Superñoño (que siempre estaba asobinao, ya sabes) y ranitas pequeñas también.

Así que, como ya estaba tan mayor y no teníamos un puto duro ni ganas ni principios tampoco (y se aproximaban las procesiones de Semana Santa), nos despedimos de Ambrosio, el sapo diabólico, con un beso en los morros -por si de repente se convertía en Felipe de Borbón y nos inauguraba las fiestas- y decidimos dárselo a los niños (esta vez bien armados) para que se entretuvieran las criaturas y nos dejaran ver el Madrid-Barsa en paz, hombre, ya.

¡Y qué simpático que era, el jodío sapo!

Alicia XX

http://www.publico.es/050261/sapogigante/dinosaurios