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lunes, mayo 04, 2009

Y Javier Ortiz estará charlando, riendo, bebiendo, filosofando, comiendo, paseando, trabajando... con mi padre y otrxs colegas en algún sitio bonito..


He sentido su muerte. De verdad. Me parecía un hombre trabajador, inteligente, sensible, bienhumorado (al menos las veces que yo lo vi), que escribía muy bien, que sabía lo que decía, valiente, sincero... Y su último (supongo) acto literario y vital, dejar escrito su magnífico obituario, es una de las acciones humanas que más me han impresionado últimamente:

OBITUARIO

Javier Ortiz, columnista

Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.

Así que en esas estamos (bueno, él ya no).

Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto (obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito).

La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.

Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.

A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.

A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.

Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander... Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación –y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones... Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.

Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.

En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.

Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.
______

Javier Ortiz, escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito el presente obituario.

http://www.javierortiz.net/jor/apuntes/obituario

Ahora comprendo que yo también te quería, Javier.

Alicia Navarro Mañas XX

viernes, enero 30, 2009

"LO FATAL", por Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, Matagalpa, 18 de enero de 1867 - León, 6 de febrero de 1916).


DICHOSO el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.


Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror...¡

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por


lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos

y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos!...

sábado, abril 28, 2007

Mi padre ha muerto.

Tras la conmoción inicial, me pongo rápidamente a rastrear, a recordar, todas esas cosas agradables acerca de él; su energía y buen humor de cuando era más joven. Aquella pasión suya por la justicia -era magistrado; también fue senador y diputado por el PSOE, escritor, articulista, ensayista, conferenciante- y por todas las causas justas y ambiciosas: inmigración, mujeres, derechos humanos, Asociación contra la Tortura, la "causa cubana", etc. Su contagioso amor por la cultura, por la buena literatura, por el buen cine... Cuando yo tenía preguntas para él, del colegio o de la universidad, siempre saciaba mi curiosidad intelectual con alguna cita demoledora, con algún excelente poema que nos recitaba de memoria, parsimoniosa y apasionadamente, o con algún libro magnífico. Recuerdo dudar qué libro les pedía de "lectura obligatoria" a mis alumnos -adultos: médicos, abogados, profesores ellos y ellas también- del último -quinto- curso de inglés de la Escuela Oficial de Idiomas, donde yo trabajaba, y él me recomendó el imponente "In cold blood", del genial Truman Capote.

Me encantaba verlo todo trajeado y arreglado, oliendo a colonia fresca, de camino a algún acto cultural, a alguna conferencia o taller del Ateneo o a coger algún avión para Bruselas.

Más adelante, hace sólo unos pocos años, las cosas se torcieron drásticamente -los asiduos de este diario sabrán cómo y por qué- y, en un momento dado, dejé de verlo y tratarlo porque me era de todo punto imposible, dadas las circunstancias, de modo que el hecho de que la Parca le haya segado la vida sorpresivamente hace sólo unas horas, cuando aún estaba lejos de los setenta, me deja temporalmente fuera de combate y bastante trastornada básicamente porque me ha arrebatado para siempre la ocasión de verlo otra vez, cambiar unas últimas palabras con él y dejar un final más civilizado y agradable.

Pero, ya se sabe, la señora muerte siempre hace y deshace a su antojo. Ahora sólo espero saber y poder hacerle yo justicia aunque sólo sea escribiendo todo lo memorable que se deba recordar de él.

Pero sobre todo espero que no haya sufrido, como es natural (parece ser que estaba solo, en la cama).

Gracias por vuestra empatía.
Alicia XXX

P.D. Por cierto, que mi padre se llamaba Joaquín Navarro Estevan (clicar).

ANEXO: Como es -o era- habitual en casi todos los funcionarios/as públicos, al principio de la "carrera" se impone un periplo por pueblos y ciudades distantes a la propia hasta ir ganando "puntos" o antigüedad suficiente para obtener el destino preferido. De este modo, mi padre fue pasando por diversos juzgados (Fregenal de la Sierra, en Badajoz, Berja, en Almería, Haro, en La Rioja, San Sebastián...), y creo que fue en Fregenal de La Sierra cuando él, que también cantaba muy bien, entonaba esta bonita y alegre canción -ahora acabo de descubrir que de la zarzuela "Luisa Fernanda"- que reproduzco ahora porque creo que me la dedicaba a mí (más que nada porque habla de "mi morena, morena clara" y yo era la única morena de la casa!!). Éste es para mí un recuerdo muy entrañable de él:

...En una dehesa de mi Extremadura / los vareadores van a su faena / por los encinares voy en mi caballo / pa´ ver a la moza que me ha enamorado. / Será si dios quiere el ama y señora / de mis encinares y de mi persona / y de los pastores de la dulce gaita / que harán las delicias de su soberana:

Ay, mi more-e-na,
morena cla-a-ra!
¡Ay, mi more-e-na,
qué gusto da mirarla!
Toda la vida
mi compañe-e-ra,
toda la vida
será la mi morena

Adiós, papi.