

de Antonio Alfeca.
Caminábamos por la calle
con la lenta pereza
de la adoración mutua.
Afuera, el ceremonial. Hacía crisis
pero todos estaban fuera
buscando las últimas migajas del año
y estrellas de papel aluminio.
Flores de pascua
cada cincuenta metros
e hileras de naranjos alucinados
por las luces LED de bazar.
Me recordabas que no andar
erguido como cualquiera de ellos
es una especie de automutilación
lenta, absurda y a plazos
fruto del miedo.
Yo asentí, nos rodeamos el talle
y Kundalini recorría nuestra espalda
buscando tus ojos de intensa clorofila
y los míos de castaña recóndita.
La savia hirviente delataba no obstante
que éramos dos árboles
inflamados por la gripe V de Venus.
E in ictu oculi,
a la velocidad del deseo,
atravesado el azogue
ya en el atanor de azufre,
la llama sideral nos reveló
tronco de húmeda incandescencia
en que todos los contornos
entrantes y salientes encajan
bajo el indomable influjo
del dos de copas.